Lisboa, bonita y con tranvías

Al viajero le gusta Lisboa. Ya ha disfrutado de ella en cuatro ocasiones. Se siente bien. Se puede pasear. Se puede disfrutar de sus calles.

Al viajero le gustan todos los vehículos que circulan sobre raíles... y en Lisboa hay tranvías. Cada vez más modernos, más funcionales... pero todavía es posible disfrutar de los pequeños tranvías que, infatigables, suben y bajan por las colinas que configuran la geografía de la ciudad.

Las colinas y el Tajo delimitan una geografía urbana compleja, pero apasionante. Las colinas configuran un dédalo de callejuelas que conservan un sabor mediterráneo a pesar de su vocación atlántica. Para San Antonio, es posible disfrutar en las cuestas de la Alfama de la hospitalidad de los lisboetas. Siempre habrá quien ofrezca una cerveza y una sardina asada al viajero.

El Tajo abre la ciudad a un mundo entero; le da una vocación cosmopolita y universal. Aunque lo separa de sus compatriotas del sur, la une con países exóticos que hablan en el dulce lenguaje de nuestros desconocidos vecinos.

Bulliciosas calles, en las que puedes hacerte la ilusión que te tomas una cerveza con Pessoa, o asumes ese insólito transporte urbano que es el elevador diseñado desde los talleres de Eiffel.

Mientras tanto una marabunta de taxis recorren la ciudad, poniendo a prueba los nervios del viajero,... poco acostumbrado a los, tal vez, bruscos modos al conducir de un amable y sonriente taxista.

Tras admirar la puesta del sol desde esa proa al mundo que es la Torre de Belem, el viajero se despide como empezó. Admirando uno de esos maravillosos vehículos, que arrastrándose sobre sus vehículos unen a todos con todos, acercando al mismo tiempo al viajero al cielo... a un cierto cielo.