Estambul, esquizofrenia entre el este y el oeste

Cuando el viajero mira hacia atrás a través de las imágenes que tomó en Estambul, se da cuenta de dos cosas. Una, la cantidad de fotos que hay que hacer para empezar a obtener imágenes que con el tiempo sigan pareciendo razonables. Con su equipo réflex de enfoque manual, y un objetivo de focal variable 28-70 mm Sigma, que entonces parecía estupendo, pero hoy en día sorprende por su distorsión, viñeteado, problemas de exposición, etc., la antigua capital de los Imperios Bizantino y Otomano queda reflejada... aunque no en todo su esplendor.

La segunda, la profunda impresión que la ciudad deja en el viajero.

A caballo entre el Occidente perdido desde que en 1453 Constantinopla cae en manos de los aguerridos otomanos, pero que permanece en Santa Sofía, en la forma de sus mezquitas y en sus hamman, y el Oriente musulmán, conservador.

Entre el Occidente europeo y moderno, y el Oriente que se respira en sus mezquitas.

La ciudad es populosa, y el viajero se siente abrumado el primer día, cuando muchos de los hombres, de apariencia ociosa, que pueblan las calles de Sultanahmet, se acercan ofreciendo todo tipo de productos y servicios, o simplemente recitando los principales componentes de una selección deportiva, que al viajero poco importa.

En los barrios cristianos, se siente más como en su lugar de origen. Ese Occidente que tanta seguridad nos da, aun a costa de eliminar los sorprendente y lo espontáneo... salvo cuando aparece el viejo tranvía que renqueante recorre el barrio de Taksim. Finalmente, es octubre y el atardecer llega pronto; el horario acompaña al sol. Es el momento de ir de tiendas... mejor dicho de bazares.

El Gran Bazar o el Bazar Egipcio (o de las especias) acogen al viajero,... o a la flota de la OTAN, marineritos españoles incluidos que no saben dónde gastar su dinero tras una larga travesía.

Algo queda claro. Convendrá regresar, sabiendo lo que a uno le espera, lo disfrutará más... y además, el viajero habrá aprendido a hacer mejores fotos.