Copenhague ¿ciudad mediterranea? - Carlos Carreter

El viajero fotógrafo pasea atónito por las calles de Copenhague. Octubre está avanzado, ha cruzado ya su ecuador, y el viajero espera una ciudad brumosa, cubierta por el característico cielo gris uniforme y plomizo que se instala durante semanas en las capitales del norte de Europa. Sin embargo, un luminoso cielo azul se refleja sobre los innumerables canales que surcan el centro histórico de la ciudad. La cámara está lista, los carretes ¿serán suficientes?

La ciudad bulle de actividad. Contradice la creencia del europeo meridional de que en el norte la gente se queda en su casa. La animación abunda hasta bien entrada la noche, a pesar de lo temprano del cierre de los comercios. El tráfico al pie de los coloridos edificios es continuo, y un ejercito de afanados ciclistas recorre sin fatiga las calles de la ciudad, exponiendo al viajero despistado a ser atropellado. Falta la costumbre de considerar al ciclista como un elemento más a considerar en el abundante tráfico. El sol es un bien escaso, y los daneses lo aprovechan. Sacan a su niños a la calle, y en las plazas extienden mantas como improvisados solariums, que compensen los cortos y oscuros días del invierno que se aproxima.

Copenhague es la ciudad de los jardines. Verdes, inmensos, bien cuidados, llenos de vida animal... incluso humana. En este benigno otoño, los tonos ocres de los árboles de hoja caduca contrasta con los intensos verdes de las praderas de cesped y de los árboles de hoja más resistente o perenne. Los contrastes son manifiestos. Como fondo a los frondosos árboles bajo los que pasean los ciudadanos ociosos, altas chimeneas, restos orgullosos de un pasado no tan lejano, de una revolución industrial que se estableció incluso en pleno centro de la ciudad.

Otros restos de tiempos pasados, como el viejo circo permanente y otros edificios de un siglo ya terminado, pero que tantos cambios ha traído a la vieja Europa, el siglo XX. Hoy, estos edificios ven suplantado su función inicial, por la de los comercios, restaurantes, hoteles...

Copenhague es también ciudad de decenas de museos. El sexo, la cerveza, las bellas artes, los juguetes,... todo sirve .

El viajero, si se viese obligado a elegir uno, no lo dudaría; recomendaría la Glyptotek de la Fundación Carlsberg. Escultura francesa y danesa, pintura francesa, una impresionante colección de arte etrúsco. Todo bajo el amparo del Estado, de la Ciudad y de las fortunas amasadas por una de las más características industrias de la ciudad, la industria cervecera. Quizá sea el momento de dejar de pasear y de tomar fotos, y tomar una cerveza orcura, Carlsberg o Tuborg, en alguno de los acogedores bares que abunda en la ciudad.