Bruselas - Capital de Europa

Simbolizado por dos elementos que no le hacen justicia, ese dudoso orgulloso símbolo de la era atómica que es el Atomium de la exposición universal, y el pequeño y generalmente ridículamente disfrado muñequito que es el Manekenpiss (el viajero se niega en rotundo a conceder un espacio en estas páginas), Bruselas tampoco consigue mostrar su verdadera faz, como capital de la Europa ¿unida?.

No obstante, empezando por esa Grande Place, llena de vida, con sus terrazas, sus artistas, la impresionante fachada del ayuntamiento, hasta numerosos rincones que hay que descubrir, el viajero se encuentra a gusto y disfruta de este entramado de confusas identidades que es la capital de una Bélgica, quizá menos unida que la propia Europa.

La forma más adecuada de disfrutar de Bruselas es el paseo. Con las obligadas paradas a tomar las deliciosas cervezas de abadía belga (benditos padres trapenses; y no perderse "À la mort subite"), o a degustar sus especializades culinarias. El comercio es un principio básico, y recorrer las Galerías del Rey y de la Reina, o admirar los abigarrados escaparates de las tiendas de encajes.

 

En un momento dado, buscar y pasar un rato en el museo del cómic, especialidad literaria, que especialmente en Bélgica alcanza el grado de arte.

Finalmente, recorriendo la ciudad podemos entrar en la iluminada catedral, o encontrarnos a dos viejos conocidos, un tal Alonso Quijano y su criado Sancho, mirando al frente, pero probablemente viendo un paisaje más seco y árido que el paisaje urbano de Bruselas.